El sol de Breda
1625 puede ser una de las últimas grandes hazañas de un imperio donde se decía que nunca se ocultaba el sol.
Está pintura me llegó a mi a través de un personaje y una idea, que se ha vuelto una de mis sagas favoritas y el escritor uno de mis máximos influyentes literarios. La historia nace con el Capitán Alatriste, y el que le dió vida fue Arturo Pérez Reverte. La pintura es la Toma de Breda de Diego Velázquez.
El Imperio Español era tan vasto, orgulloso y diverso que tenía la fuerza y el coraje de pelearse con toda Europa y ganarle, pero también estaba tan podrido por dentro que sus propias gentes sabían que su vida valía lo mismo que la de un perro.
La pintura lo que busca representar es justamente el sentimiento de aquellos hombres que llevaban en sus hombres el peso de un imperio, y con ellos, un destino. En aquel siglo, ser español no era solo una nacionalidad escrita en un papel o algo que se decía ante un extranjero, era una forma de vivir, una forma de pelear y una forma de morir. Se llevaba con orgullo y a la vez cuidado. Porque ya sea en las selvas sudamericanas, los mares caribeños, las ciudades italianas, los mercados filipinos, los diques de Flandes, los castillos de Austria o las tierras andaluzas, ser español era tener el destinado sellado y una vida de más sombras que luces.
Seguramente el mayor honor y consuelo que se podía esperar era terminar en un Tercio, porque la victoria era dulce aunque la derrota seca, y no por la falta de paga sino porque seguramente terminaría bajo tierra. Estos hombres formaban parte de una unidad que había dominado el último siglo y medio, eran eficaces y mortales ante sus enemigos.
Marchaban kilómetros a través de imperios y tiempos olvidados, con la única esperanza de recibir al final una bota de vino o el calor de una mujer la cual no entendían su idioma.
Pero para aquellos que caían en sus lanzas o los aguantaban en sus festines, el honor de estos soldados era tan alto como sus crímenes a la hora de la victoria. Porque para hombres en que la vida se apostaba en un par de reales de a ocho o doblones, Dios era el único que juzgaba y este tenía fama de perdonarlo todo.
Si bien para entender la historia detrás de la pintura le digo a cualquiera que lea el libro, si voy a decir que presten atención al perfil aguileño que se encuentra debajo del arcabuz.