Un inmortal entre mortales

Napoleón, personaje debatido y cuestionado a través de 4 siglos, hoy su leyenda sigue presente.

Un inmortal entre mortales

La primera vez que escuché de él era niño, fue en un dibujo animado llamado el Escuadrón del Tiempo, y allí lo ridiculizaban por su estatura, acento y esposa, y gran parte de mi primera impresión se forjó allí.

Pero en los últimos años en qué he estudiado más la historia del siglo XIX, y últimamente leyendo su biografía en “Napoleon: Una Vida” de Andrew Roberts, me doy cuenta que no solo fue más grande que cualquiera de su época, sino que logró su cometido, que hoy hablasen de él como sus contemporáneos hablaban de César y Alejandro.

Para nada voy a justificar sus actos, su desmedido egocentrismo, su nepotismo o sus exagerados informes, pero si admito que en su momento logró lo que quiso y el no conservarlo fue por el mismo motivo que lo consiguió, él mismo.

Hay cosas de Napoleón que admiro, una de ellas es que fue un obsesionado por los detalles y no dejó lugar al destino para que se interpusiera en su camino. Realmente es un hombre que se hizo a sí mismo, espíritu de la época y si bien no nació en la extrema pobreza, ya que venía de la aristocracia corsa, no por eso supuso una ventaja en la Francia borbónica del siglo XVIII, sino que fue constante de burlas.

Y me es imposible no admirar, porque no en el mismo grado pero sí en el mismo sentimiento, fue de Petit officier artilleur a volverse L'empereur de un imperio de 44 millones de habitantes que reunía franceses, italianos, españoles, austriacos, alemanes, belgas, croatas, suizos, holandas, polacos y más etnias interminables.

Él es el ejemplo perfecto de que no perpetró la idea sobre el hombre, y por eso hoy se une a los inmortales de la historia